pesar de que jamás había podido tener acceso a tantos
libros de pedagogía, cursos de formación y materiales
didácticos como en los últimos años. Frente a esta
declaración de impotencia pedagógica, Steiner recuerda
la famosa frase de Goethe: “El que sabe hacer hace. El
que no sabe hacer enseña” y luego agrega, como
contribución propia a esta visión denigratoria de la tarea
educativa: “El que no sabe enseñar escribe manuales de
pedagogía”. Steiner reivindica algunos métodos
tradicionales, especialmente estudiar de memoria. Utiliza
argumentos frente a los cuales los educadores podríamos
escandalizarnos, pero que están adquiriendo gran
aceptación en la opinión pública y en los padres.
Me parece que, en lugar de escandalizarnos, sería más
serio y honesto preguntarnos: ¿Qué ha pasado para que
un intelectual de la talla de George Steiner tenga tal
opinión de la pedagogía y de los pedagogos? Esta
pregunta adquiere mayor legitimidad cuando percibimos
que el desaliento respecto de nuestra disciplina afecta
también a los profesores, maestros y estudiantes de
magisterio.
Las explicaciones de este fenómeno pueden apoyarse en
hipótesis muy diferentes: abusos en el uso de ciertos
principios, deficiencias en la formación profesional para
la utilización eficaz de las estrategias pedagógicas, crisis
en la cultura externa a la escuela que provoca falta de
motivación por el aprendizaje y muchas otras más. Sin
negar validez a estas explicaciones, creo que deberíamos
prestar atención a un fenómeno que me parece estar en
la base de este “fracaso” de la pedagogía: la profunda
disociación que se ha producido entre teoría pedagógica
y práctica de la enseñanza. Estamos produciendo un
profundo cisma entre ambas dimensiones de nuestro
trabajo profesional. A través de muchos testimonios
podemos constatar que sectores cada vez más numerosos
de profesores comienzan a desarrollar un sentimiento
antiteoría. Identifican la teoría pedagógica con principios
abstractos sin ninguna vigencia ni aplicación en las
condiciones reales en las cuales ellos desarrollan su
actividad. En el mejor de los casos, esos profesores
pueden crear prácticas empíricas eficaces, pero sin un
Anticipo
2010 - AÑO XI - Córdoba   (Argentina)
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Por Juan Carlos Tedesco *
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DIRECCION
desde la
UNIVERSIDAD
NACIONAL
DE
CORDOBA
PEDAGOGIA Y CRISIS

Existen evidencias muy significativas acerca de la crisis
por la que atraviesa la educación. Los datos ofrecidos por
los operativos de evaluación, tanto nacionales como
internacionales, señalan que un porcentaje muy alto de
estudiantes que terminan la escuela secundaria tiene
niveles de aprendizaje muy bajos en lengua, matemáticas
y ciencias. Asimismo, los datos indican que son muy
numerosos los alumnos que repiten de grado o abandonan
la escuela, particularmente en los primeros años de cada
nivel de enseñanza. Las causas de esta crisis son múltiples
y bien conocidas: financiamiento escaso y errático
durante mucho tiempo, crisis sociales profundas que
deterioran las condiciones de los alumnos, de los
docentes y de la oferta escolar, cambios culturales que
plantean nuevas exigencias a los sistemas educativos,
reformas continuas que no logran modificar las pautas de
funcionamiento de las escuelas, modelos de gestión con
bajos niveles de responsabilidad por los resultados,
etcétera.
Con algunas variaciones en la importancia de estos
factores, el diagnóstico anterior es compartido por muchos
países tanto de América latina como del resto del mundo.
Si algo es común en el debate educativo contemporáneo
es que nadie está satisfecho con la educación disponible.
Ampliar la mirada y salir de nuestra realidad nacional
permiten ver algunos problemas de manera diferente. No
se trata de negar la importancia y la responsabilidad de
los factores antes mencionados ni de los actores
vinculados con cada uno de ellos. Quisiera poner la
mirada en un aspecto poco considerado y del cual somos
responsables los especialistas en educación.
Hace poco tiempo se publicó en Francia un libro que
reproduce el diálogo que mantuvieron George Steiner y
una profesora de filosofía de un colegio secundario
francés. La profesora menciona sus dificultades para
manejar técnicas pedagógicas que permitan obtener
buenos resultados con jóvenes de barrios pobres de París a
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